El chanchito del O'Higgins
En caso de que me viera en la necesidad de rendir honores a algún personaje relevante, a algún prócer independentista por ejemplo, el método que más me acomodaría es el reconfortante agasajo culinario. Si yo fuera ese afortunado sujeto, nada me deleitaría más que disfrutar de un buen plato de abundante comida. Tengo claro que no es elegante, suntuoso ni pretencioso. Nada más mundano que el gusto por comer y beber de buena forma. Un prócer -un verdadero líder nacional-, jamás despreciaría una incitación a sus entrañas como la que me propondría realizar.
O'Higgins es quizá el más reconocido entre quienes brindaron antes que nosotros por cuestiones que cada año nos llevan a alzar las cañas. Quienes vivimos después que él, no tuvimos más opción que apreciar su éxito omnipresente. Su enrulada cabellera pelirroja, sus blancas calzas apretadas, sus largas patillas y su perfil acuñado en metálico, aparecen con frecuencia si metemos nuestra mano a los bolsillos o damos una vuelta por un pueblo cualquiera. Quien pregunta por O'Higgins se puede referir a pueblos, regiones, equipos de fútbol, calles, avenidas, alamedas, puentes, plazas y parques. Todo se titula con el nombre del archiconocido "padre de la patria". Yo había estado en varios de estos lugares y en general me producían la misma sensación: pensaba que eran demasiados honores para alguien de quien no sabía exactamente por qué medios alcanzó el estrellato.
Pero este fin de semana conocí el mejor lado de O'Higgins. Aquella faceta que no está en ningún billete ni en el perfil escondido de las monedas de 50 pesos. Se trataba del mejor honor que podrían hacerle al prócer y el mejor favor que podrían hacerle a un comilón. Me refiero al restaurante O'Higgins, ubicado a un costado de la plaza homónima en el plano de Valparaíso. Esta visita me iluminó y me hizo entender cuál era la verdadera importancia que escondían las chuletas (patillas) en la cara del héroe. No tengo dudas: el chanchito del O'Higgins es un verdadero deleite. Una porción de medio kilo de costilla de cerdo deshuesada, adobada y cocida en una cacerola con tomates, callampas y aliños varios. El "trocito" es acompañado de un fino puré picante que realmente no arde demasiado, para no desestimar el gusto local. El pisco sour tiene la acidez y la dulzura precisas y, para no ser menos, el "vino de la casa" no pinta la lengua. Desde un punto de vista exclusivamente culinario, podríamos decir que la visita al O'Higgins fue "redondita".
Es claro que estamos en medio de una crítica culinaria no tradicional. Además de ignorar una descripción del restaurante o una indagación más precisa sobre la comida y la atención, este comentario no puede desatender los inconvenientes que resultan de una visita exitosa al O'Higgins. No entraré en detalles referidos a posibles desórdenes gástricos, que eventualmente ocasiona el chanchito del O'Higgins. Sólo puedo presentar dos apreciaciones ligeras, que sugeriría fueran atendidas en caso de realizar un pedido en el local. En primer lugar, el cerdito me dejó sintiendo dolores estomacales y lumbares. Esto se lo podría adjudicar a la premura con que salí del restaurante para tomar el bus que me traería a Santiago, pero sinceramente creo que la responsabilidad le cabe a todo lo que cayó esa tarde en mi "guata". En segundo término -tómese como advertencia-, recomiendo llevar pancreoflats y sal de frutas en cantidad suficiente para soportar los pequeños embates del puerquito post-O'Higgins. ¡Salud!



